miércoles, 13 de junio de 2012

Fútbol y literatura

Los términos del título no son excluyentes, aunque pudiera parecer lo contrario. En primer lugar, porque existen jugadores a los que les gusta la escritura. Y en segundo lugar porque en estos últimos tiempos, al igual que un síndrome pre Eurocopa, han ido apareciendo cada vez más libros sobre el llamado deporte rey.

El fútbol ya no es lo que era cuando Di Stefano marcaba goles. Los deportistas actuales se han convertido en todo aquello que los chavales soñaban de pequeños. Son modelos, aparecen en fiestas, conducen cochazos deportivos, tienen novias guapísimas y ahora encima se interesan por la escritura. Ya no son clones de James Bond, sino que además son sensibles.

Hace un tiempo, el fútbol y la literatura eran palabras que no podías poner en la misma frase. No te podía gustar el 4-4-2 y además leer a Víctor Hugo. Poco a poco, la cantinela ha ido cambiando, y ahora el fútbol no sólo mueve millones en publicidad, sino también genera gran cantidad de libros en torno a sus ídolos. Las biografías de jugadores como Cristiano Ronaldo se encaraman fácilmente a los top seller de todo el mundo. Semanalmente se presentan libros donde los periodistas que orbitan alrededor del balompié escriben sobre sus ídolos. Y ya no sólo son manuales sobre este deporte (que los hay) o análisis de tal o cual jugada, sino recorridos de una época en la que el fútbol tenía incluso más importancia que ahora. Del gol de Zarra al gol de Iniesta, de David Guerra y Borja de Matías ha sido el último en incorporarse a una larga lista de títulos que reflexionan sobre este deporte. En esta ocasión se trata de un compendio de más de cien entrevistas realizadas a los jugadores de la selección española. Aquí se narran las victorias y las derrotas que han mediado entre ambos goles. También los penaltis fallados, las injusticias arbitrales, los balones enviados al cuerpo del portero elevando a todo un país a la gloria para después dejarlo caer en la más absoluta decepción. No hay que negar que las victorias unen, pero las derrotas unen más todavía, y más si tenemos ocasión de mentar de paso a la madre del árbitro. Eso le da una dimensión épica al fútbol, y exonera a nuestro equipo de toda responsabilidad, ya que el resultado ha sido el capricho de una voluntad ajena a la que nosotros, pobres víctimas, nunca podríamos haber hecho frente.

Un amigo lleva unas semanas hablándome de un libro llamado Hombres que pudieron reinar y otras leyendas del fútbol, de Ruben Uría. Aparte de que el título es bastante sugerente por sus connotaciones épicas, lo que verdaderamente estremece es el subtítulo del libro: lo tenían todo para ser mitos, pero hoy son poco más que recuerdos. Aquí el fútbol se queda un poco de lado para entrar en el terreno autobiográfico. Se trata de las vidas de jugadores excelentemente dotados, capaces de llevar a cabo heroicidades a las que no llegaría ningún mortal, y que por su mala conducta tuvieron una carrera más o menos mediocre, jalonada por peleas, escándalos, alcoholismo y problemas psicológicos. Y esto le da al fútbol una dimensión trágica, de tintes shakesperianos, en la que el héroe no puede cumplir su sueño por el vengativo destino. Reconozcámoslo. Cuando vemos a los futbolistas bajando del autobús, con ese aire disperso que tienen todas las estrellas, firmándole un balón a un niño o sacándose una foto con alguna adolescente llorosa, sin despeinarse y sin perder la sonrisa, a nadie nos parecen humanos. Tienen ese halo de imposibilidad que les aleja de nosotros, simples mortales. Pelé nunca existió. Y quizá ni siquiera Butragueño haya existido. Son criaturas elevadas a su pedestal a golpe de talonario y de gomina, estrellas sacadas de una vida de pobreza que ahora ven como esa niñez jugando al fútbol sin tener unas míseras zapatillas se convierte en una recompensa celestial. Historias incluso de curaciones milagrosas, si quieren. Historias de triunfadores.

Pero este libro, el del futbolista que derrocha su talento a causa de la bebida, cuenta historias deslucidas, con un baño de oro malo, bajo el cual se ve una piel que respira. Casos de futbolistas que les gustaba la fiesta y que acudían con resaca al campo, se cambiaban, remontaban el partido, y después se iban a dormir la mona. Son historias que de puro desquiciante, resultan humanas. Futbolistas que lo tuvieron todo y que no supieron mantenerlo, y dejaron que se les escurriera entre los dedos. En los dibujos animados, habrían acabado siendo entrenadores de Mark Lenders por lo menos. Vidas desgraciadas, tan trágicas que recuerdan al boxeo. Futbolistas que no conducían cochazos, ni tenían a una modelo al lado, ni tenían unas cláusulas de rescisión exorbitantes, ni se iban de crucero, ni anunciaban colonias. Hombres para los que la única victoria era levantarse cada mañana y lograr haber sobrevivido un día más. Vidas de un Bukowski con dorsal a la espalda. Piensen en ello.

En el fondo no somos nada, ni siquiera los futbolistas.