sábado, 14 de abril de 2012

El viaje literario del Titanic


Este año se cumple un siglo del hundimiento del Titanic, un barco relacionado en cierto modo con la literatura. No sólo porque su propia historia (la caída del gigante por orgullo) sea una auténtica tragedia griega, sino porque además se ha escrito mucho sobre su único viaje.

Comencemos. En 1898, Morgan Andrew Robertson escribe un libro titulado Futility. En él se describe con todo lujo de detalles el hundimiento de un gigante trasatlántico llamado Titán, con más de una sospechosa coincidencia. Catorce años más tarde se producía la tragedia, esta vez en la realidad. Preguntado el escritor, confesó que durante la escritura del libro había sentido como si le dictaran el contenido del mismo y que él sólo había sido un instrumento que contaba la historia. Para los aficionados a la parapsicología, este es uno de los mejores ejemplos para demostrar que existen las premoniciones. El libro se reeditó unos años después del hundimiento del Titanic, y resultó ser un éxito de ventas, aunque no de crítica (ya sabemos que ambas cosas no van siempre de la mano). 

Parece ser que las coincidencias se dieron entre las medidas de ambos barcos, el material con el que estaban construidos, y el hecho de que ambos chocaron con un iceberg. La casualidad (o no) llegó hasta tal punto que ambos escritores (Robertson y la realidad) situaron ambos iceberg con una separación de pocos metros. Con el tiempo, un matemático llamado Martin Gardner contribuyó a aplacar esta fiebre por las profecías diciendo que si uno escribía sobre catástrofes, tarde o temprano alguna acaba haciéndose realidad. Lo cierto es que la historia parece más una película del mejor Hollywood de acción antes que algo que sucedió realmente. Si quitamos el romance de Jack y Rose, el naufragio real del Titanic podía haber sido rodado también por James Cameron. Pocas veces ha sido tan cierto aquel dicho de que la realidad imita al arte. La confianza de los armadores, que rozaba la estulticia al no disponer de suficientes botes de salvamento, el atrevimiento supremo de considerar indestructible el Titanic y el alzamiento de puño final contra el Cielo, afirmando que “ni Dios podía hundir aquel barco”, nos recuerda de forma inmisericorde a aquel proverbio de la Ley de Murphy de “si algo puede salir mal, saldrá mal”.

Otro escritor apasionado por la leyenda del Titanic fue Joseph Conrad, aunque por motivos bien diferentes. El creador de El corazón de las tinieblas confió en el correo del Titanic para entregar un manuscrito en Estados Unidos. Ahora el manuscrito reposa en el fondo del mar engrosando la leyenda del buque. Conrad escribió en su día dos alegatos que ahora publica Gadir Editorial bajo el título de El Titanic. En ellos se quejaba amargamente de la enorme pérdida de vidas humanas por el mercantilismo desatado de la empresa White Star, propietaria del Titanic. El autor, crítico con la esclavitud del continente africano, comparó esta condición al hecho de que pocos pasajeros de tercera clase pudieran salvarse, ya que en los botes tuvieron prioridad los ricos e incluso llegó a fletarse una balsa salvavidas sólo con tres perros millonarios a bordo, mascotas de alguna dama acaudalada. A muchos de los pasajeros de tercera se les impidió la salida a la cubierta del barco hasta que ya fue demasiado tarde. Conrad critica en su obra aquellas muertes que llega a considerar heroicas. Menos mal que aquellos eran otros tiempos y ahora eso ya no pasaría.

Y ahora, este año, retomando la fiebre del centenario, Hugh Brewster nos obsequia con Titanic: el final de unas horas doradas, publicado por la editorial Lumen. Se trata de un estudio riguroso de lo que fueron las últimas horas del coloso. Quizá peca de exceso de rigurosidad, pero en los tiempos que corren es algo digno de agradecimiento. Sin embargo, a pesar de la frialdad de los datos ofrecidos (como el número de palillos que se hundieron en el océano), el corazón de la historia sigue latiendo porque a todos nos gusta imaginarnos aquellas últimas horas, asomarnos morbosamente a los detalles reales que tuvieron lugar durante aquel viaje y que son dignos del mejor blockbuster de catástrofes. Los momentos más conmovedores de la película de Cameron son aquellos que sabemos que tuvieron lugar en realidad, como los irlandeses que juegan al fútbol con el hielo que se ha desprendido al chocar con el iceberg o la orquesta que siguió tocando mientras el barco se hundía. Eso son aderezos de auténtico valor humano, como dirían los presentadores de los magacines de por la tarde. Algunas veces nuestro lado más sórdido se estremece de placer con las malvadas casualidades que nos ofrece la historia, como el hecho de que un turista llegase a fotografiar meses más tarde un iceberg con una raja roja pintada en un lado, que le señalaba como el culpable de haber hundido al Titanic.

Aunque haya pasado un siglo, las generaciones venideras también quedarán impresionadas por esta historia de Torre de Babel moderna, con moraleja incluida, la de no desafiar al Cielo, no sea que éste te ponga un iceberg en una noche clara. Y eso es lo que le confiere un valor enormemente épico a esta tragedia, y no aquella señora con moño que moría en El coloso en llamas.