miércoles, 2 de mayo de 2012

Y QUE SE NOS QUITEN LAS GANAS DE UNA VEZ

Por Sara Cordón


A veces me sometería a la castración química. Me diréis que qué barbaridad. Pero, en un mundo en el que se venden pastillas que inhiben el hambre para que se nos quede un tipín y en el que se consumen drogas que nos tienen despiertos toda la noche, tener el antídoto de la lujuria me parecería de lo más normal. ¡Adiós a subirse por las paredes!
¿Que supondría renegar a varios momentos épicos? Siempre podemos dejar la medicación si tenemos un planazo a la vista. Pero, seamos sinceros, ¿cuántas de aquellas noches prometedoras acabaron quedando en una especie de «me pica aquí», «pues, venga, que te rasco». Por contraposición, pensemos en el condicionamiento tan grande que supone en nuestras vidas el deseo sexual.
Dichosa libido. No me digáis que la castración química no os habría ahorrado varios momentos humillantes dignos de cualquier peli de la saga American Pie: ese instante en que decides lanzarte al ligoteo y acaba haciéndote la cobra el más feo del bar, el sufrimiento por un supuesto desdén amoroso que no es otra cosa que una fase de celo no satisfecha o la noche toledana en la que oyes a tu vecino machacar los muelles de la cama, ñaca-ñaca, y te sientes el ser más miserable del universo. 
¿No castramos a nuestras mascotas para que no sufran, sean más dóciles y no acaben preñadas de chuchos indeseables?. La castración química, además, no es como la que se les practica a los animales. No implica ninguna operación quirúrgica, no esteriliza y nuestros órganos seguirían ahí por si decidimos reanimarlos en algún momento. Solemos relacionar el concepto «castración química» con delincuencia sexual. ¿De verdad es necesario ser unos degenerados para poder paralizar ese fastidioso impulso animal que nos tiene sometidos?
Siempre que hagamos una elección libre, la castración química podría ser una buena solución. Total, es como el que se toma una Viagra pero a la inversa. Es decir, unas pastillicas para el cuerpo y el adolescente pajillero recuperaría la tranquilidad, la cordura, la confianza y, probablemente, tendría incluso más éxito.
La revolución sexual de los 60 ha quedado ya muy lejos. La cosa no está en follar con quien se quiera. El verdadero dominio de nuestro cuerpo consistirá en poder suprimir las puñeteras ganas de una vez. ¿Una idea mojigata? ¡Pre-cur-so-ra! Estaréis conmigo en que en Japón están a la cabeza de casi todo. Pues allí lo que se estila es eliminar el sexo de la vida. Hace poco emitieron en Documentos TV un documental titulado El imperio de los sinsexo. El caso es que nuestros amigos los japos nos dicen que lo mejor que le puede pasar a uno es evitarse todos los follones que suponen el flirteo, la conquista y la presión de estar a la altura en una relación sexual. En nuestras vidas hay demasiadas exigencias sociales. Bastante tenemos con estudiar, aprender idiomas, decir cosas muy ocurrentes durante las cañas de después del trabajo, aspirar a complejos cánones de belleza, ser activos en las redes sociales, conciliar el trabajo con las tareas del hogar o cuidar de nuestros padres y abuelos enfermos que cada vez viven más años. ¡No, no y no! Resulta un engorro tener relaciones actualmente. Solo es necesario ver las seis temporadas de Sexo en Nueva York para darse cuenta del lío en que andamos metidos. Si queremos placer y tenemos que estar pensando en demostrar nuestras habilidades posturales, tener la intimidad suficiente, durar mucho, fingir mucho, preocuparnos de si estamos bien depilados, y hasta de darle gustito al otro, el sexo se convierte en una terrorífica fuente de estrés.    
Por todo esto los nipones ya ostentan el récord mundial de abstinencia. De hecho, el gobierno comienza a alarmarse porque un tercio del país ha dejado de hacer el amor y, aunque los divorcios son poco frecuentes y las parejas duran muchos años, su tasa de natalidad es la más baja del mundo. Como decían las ñoñas de Papá Levante: «No está de moda practicar sexo». Para ellos no tiene que ver con ningún complejo puritano, sino con un individualismo y un ansia de comodidad exacerbados.  Eso sí, todo hay que decirlo, se ponen morados con pelis porno, cacharritos para masturbarse de todo tipo y muñecas de silicona que dan miedo de lo reales que parecen (Love dolls). ¿No creéis que resulta tan triste como ver a nuestras mascotas copulando fallidamente con su osito de peluche?. ¡Castración química ya!.

Los japoneses nos enseñan que dejar de fornicar no significa renunciar al placer. Hay prácticas menos exigentes. Para ellos, el colmo del refinamiento erótico consiste en que les pasen un algodoncito por la oreja o en ir a los Neko Cafés a acariciar gatitos mientras se toman un piscolabis.
Salidorros y salidorras del mundo: ¡liquidemos a nuestras hormonas y su tiranía!
No sé si os habré convencido. En el fondo yo tampoco lo tengo claro. El caso es que, mientras decidíamos si castración sí o no, hemos conseguido, por un momento, que la sangre no se nos baje al mismo sitio de siempre.