viernes, 16 de marzo de 2012

Nostradamus vuelve en una Harley


Después de estar eones amenazando con zombis, plagas y meteoritos, por fin ha llegado el temido año 2012 y la Humanidad contiene el aliento. El 21 de diciembre termina el calendario maya, aunque los conspiranoicos no se ponen de acuerdo sobre si este hecho significa algo en sí mismo o si lo que viene a pronosticar es un cambio de conciencia colectiva, tras el cual el ser humano saldrá reforzado y será mejor persona (lo cual tampoco es muy difícil).

Cada cierto número de años, toca fin del mundo. Y lo pongo con minúsculas porque es un fin del mundo pequeñito, que no parece verdad, como si no nos fuera a tocar a nosotros. La gente se lo ha tomado un poco a chirigota, después de la decepción que supuso el Efecto 2000, que sonaba más importante. Pero como cada cierto número de años, los más agoreros tratan de probar empíricamente aquello que no se puede, es decir, el fin del mundo. Los principales apocalípticos recogen profecías antiguas en lugar de crear las suyas propias. Ahí tenemos a San Malaquías, o a Nostradamus, cuyas Centurias se siguen vendiendo en época de crisis espiritual. En medio de tanta teoría apocalíptica, reforzada además por el cambio climático, los fenómenos naturales y la muerte súbita de animales por todo el planeta, ha venido a aportar su particular grano de arena un libro llamado 2012: Las Profecías del Fin del Mundo, escrito por Laura Castellanos. Este libro parece recopilar las teorías que preconizaban otros fines del mundo, como los de los new age. También analiza el gusto morboso del ser humano por ponerle el punto final a esto. Desde el uno de enero de este año han proliferado las sectas que afirman categóricamente que se acabó lo que se daba. Las teorías que se llevan la palma son las que abogan por la tormenta solar, la caída de un meteorito o la guerra nuclear. También hay que aclarar que el cine de Roland Emerich tiene bastante que ver en todo esto.

Hace unos cuantos años hubo un triplete de Apocalipsis que al final se quedaron en agua de borrajas. En 1997, porque lo había dicho Nostradamus en una de sus centurias. Esta sí estaba en el libro, todo hay que decirlo, no como la del 11 de Septiembre, que fue un bulo que corrió por Internet. Tenía hasta un día concreto, el 14 de julio. Pero al final no hubo ningún Armaggedon que estropease las vacaciones a las familias. Entonces, la gente se aferró a 1998 porque era 666 (el número del diablo), multiplicado por tres. También se profetizaron desgracias elevadas a la enésima potencia. Siguió sin pasar nada. Los apocalípticos, cabezotas ellos, se empeñaron entonces en 1999, porque era 666 al revés. Nada. Y ya quemamos la última traca, la del año 2000. Esta profecía venía con explicación tecnológica incluida. Durante mucho tiempo no se puso el número que correspondía al siglo para ahorrar memoria, por lo que muchos programas sólo funcionaban con años que empezaran por “19”. Los ordenadores no reconocerían el 1 de enero de 2000, y volverían a 1900, donde empezaría todo el lío. Como todo está informatizado, vendría el caos global, ya que se perderían innumerables datos. Así explicado tenía más lógica que otros Apocalipsis, y había acérrimos defensores de la teoría de que entraríamos en el año 2000 alumbrándonos con velas y sin calefacción, y ese sólo sería el principio del regreso a las cavernas. Como sabemos ahora, no llegó a pasar nada, aunque los más pesimistas insisten en que en el 2038 volveremos a tener ese problema. Después del año 2000 la gente se quedó un poco chafada cuando la vida siguió igual. El año 1000 había sido igualmente movido, según las pinturas románicas y los pantocrátor, pero tampoco pasó nada reseñable.

El fin del mundo más glamuroso lo predijo Pacco Rabanne, que dijo que la estación rusa MIR iba a caer sobre París coincidiendo con un eclipse de sol. Aunque imaginativa e interesante, la profecía no se cumplió. Sin embargo, todo este imaginario colectivo de profecías ha ido calando progresivamente en el ser humano, del mismo modo que el dicho popular de yo no creo en las meigas, pero haberlas haylas. Por eso este año están proliferando las asociaciones de vecinos que se juntan para construir un búnker bajo tierra para esperar acontecimientos. Esto nos da cierta sensación de envidia a las personas cuya comunidad no se pone de acuerdo ni en el color para pintar el patio, con que mejor no pensar en el Apocalipsis. En resumen, que entre risitas y por el qué dirán, la gente poco a poco se va pertrechando por si acaso. Comprando latas de comida, preparando una mochila con una muda limpia, robando cerillas en los restaurantes etc. Así, sin darle importancia, hay todo un movimiento apocalíptico que ya ha terminado de pagar el búnker y espera la nueva temporada de The Walking Dead para coger ideas de supervivencia. Pero esto es sólo por si acaso ¿eh?, que yo lo del fin del mundo tampoco me lo termino de creer.