Por Rocío Tizón
Haruki Murakami es considerado como uno de los artífices de la literatura pop, como el puente que une los mundos opuestos de Oriente y Occidente. Y lo cierto es que ha conseguido que sus libros se vendan como rosquillas en el país nipón y allende sus fronteras.
¿Cuál es su secreto? Haber encontrado una fórmula de éxito que se repite en sus obras como una constante. No es que Murakami venda siempre el mismo libro, pero sí que sus historias presentan los mismos elementos concatenados o alterados, salpicados por todo el texto, de modo que los lectores más fieles siguen disfrutando de sus novelas, mientras a su vez, es capaz de atraer a otros nuevos aficionados a la lectura.
Sin ánimo de destripar ninguna de sus obras, proponemos un breve recorrido por estas constantes del autor, que al igual que el orden de los factores matemáticos, no altera el producto final (para alegría de sus editores, claro).
- El suicidio: que nadie espere que su personaje favorito de alguna de las novelas del japonés vaya a suicidarse, sino que más bien el suicidio se sitúa en el pasado de alguno de los personajes. En Tokio Blues. Norgewian Wood constituye de hecho el leiv motiv que dispara la historia del libro. En otros casos se refiere a historias de familiares que quedan en segundo plano y que sirven para explicar por qué el personaje es como es y se comporta como se comporta. Este es el caso de Crónica del Pájaro que da cuerda al mundo.
- La adolescente turbadora: estas desinhibidas criaturas del japonés pululan por sus libros aparecidas de la nada. Su principal característica es que son muy guapas y maduras para su edad y entablan una relación de amistad platónica con alguno de los protagonistas. Es decir, que no hay cabida para el amor. Como mucho para algún beso de consolación sin segundas intenciones. Un buen ejemplo de esto es Fukaeri, la autora de la Crisálida del Aire, libro que aparece en 1q84. Una chica dulce y disléxica, o el amor según Murakami.
- Los gatos: en todos los libros del autor de Kioto salen gatos. O bien algún personaje tiene la capacidad de hablar con ellos, como en Kafka en la Orilla, o alguien ha perdido el suyo, como en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, o (y esto es lo mejor), hay un solar por donde pasean estos animales (como el libro anteriormente citado o en Tokio Blues). Los gatos se adoptan, se cuidan, se encuentran, se abandonan y mantienen una relación vital como si también fueran personajes de la novela.
- El Otro Mundo: que no el Más Allá. En ocasiones, los personajes de Murakami transcienden las barreras del tiempo y del espacio y aparecen en realidades alternativas (1q84), en lugares alternativos, en otras épocas o conversan con personajes que son irreales o que pertenecen a siglos pasados. Muchas veces son lugares dotados de un poder especial los que comunican estas dos realidades, y otras veces los elementos místicos se manifiestan a través de fenómenos meteorológicos, como las tormentas, o los truenos que no van acompañados de ningún otro fenómeno atmosférico. También los astros pueden sufrir perturbaciones en dichos mundos.
- El bosque como entidad: no maléfica, sino mítica, antigua o sagrada. La obra de Murakami es profundamente ecologista y marca siempre un binomio naturaleza-ciudad. Esto no es un tema baladí en el que la ciudad sea necesariamente mala porque deshumaniza a las personas, sino que los bosques adquieren su significado pleno de forma independiente. Simplemente existen, y siempre son entidades algo amenazantes cuya conciencia anterior al hombre los convierte en algo que éste no puede comprender.
- La comida: los protagonistas de las novelas de Murakami son un primor: cosen, planchan, limpian, y no se quejan. Quizá, entre todas sus tareas, de la que más disfrutan es de la cocina. Y también los lectores, claro. Da gusto leer las descripciones que el japonés hace de la comida típica de su país: tofu, soba, soja, bantó…incluso leyendo cómo hacerse un ínfimo sándwich a uno le dan ganas de coger los palillos. Las explicaciones sobre la comida vienen resaltadas mediante adjetivos de fuerte carga sensorial, por lo que el lector experimenta la necesidad de comer dicha comida. ¿Literatura subliminal, quiza?
Esto, además, introduce una idea importante en los best sellers, que es la sensación que tiene el lector de que aprende sin hacer apenas esfuerzo. Muchas de las personas que leen a Murakami hacen el esfuerzo consciente de aprender los vocablos en japonés con los que define la comida, los puestos en los que ésta se vende, los nombres de las verduras, etc. Aunque quizá este conocimiento pueda ayudar en un futuro viaje a Japón, lo que verdaderamente atrae al lector es esa sensación de que lo que está leyendo le está enseñando algo valioso, y que se puede aprender de una manera fácil y divertida.
Además, durante el texto se dejan caer de forma diseminada, perlas en japonés, de nombres no demasiado complicados. Así se aprenden otros nombres como el del gato que mueve la pata y que solemos ver en los establecimientos de Todo A Cien. Pues gracias a Murakami, también aprendemos que ese gato, de nombre maneki neko, es común a varios países Orientales. Y de paso, sabemos otro vocablo con el que quedar bien delante de los amigos o de la novia.
Pero, bromas aparte, también Murakami nos muestra mediante historias parecidas entre sí, la importancia de las relaciones humanas, en un mundo que cada vez se está volviendo más egoísta. Y cómo hemos de mantener abiertos los ojos para verlo absolutamente todo, y no sólo lo que tenemos delante. La realidad es tan compleja que para abarcarla toda, necesitamos a otras personas, criaturas que viven solas en sus propias órbitas y que a veces emiten un destello cuando se cruzan con otras, haciendo que la vida sea un poco menos oscura. Eso es Murakami.