sábado, 30 de julio de 2011

La fórmula Murakami


Haruki Murakami es considerado como uno de los artífices de la literatura pop, como el puente que une los mundos opuestos de Oriente y Occidente. Y lo cierto es que ha conseguido que sus libros se vendan como rosquillas en el país nipón y allende sus fronteras.
 
¿Cuál es su secreto? Haber encontrado una fórmula de éxito que se repite en sus obras como una constante. No es que Murakami venda siempre el mismo libro, pero sí que sus historias presentan los mismos elementos concatenados o alterados, salpicados por todo el texto, de modo que los lectores más fieles siguen disfrutando de sus novelas, mientras a su vez, es capaz de atraer a otros nuevos aficionados a la lectura.

Sin ánimo de destripar ninguna de sus obras, proponemos un breve recorrido por estas constantes del autor, que al igual que el orden de los factores matemáticos, no altera el producto final (para alegría de sus editores, claro).
  • El suicidio: que nadie espere que su personaje favorito de alguna de las novelas del japonés vaya a suicidarse, sino que más bien el suicidio se sitúa en el pasado de alguno de los personajes. En Tokio Blues. Norgewian Wood constituye de hecho el leiv motiv que dispara la historia del libro. En otros casos se refiere a historias de familiares que quedan en segundo plano y que sirven para explicar por qué el personaje es como es y se comporta como se comporta. Este es el caso de Crónica del Pájaro que da cuerda al mundo.
  • La adolescente turbadora: estas desinhibidas criaturas del japonés pululan por sus libros aparecidas de la nada. Su principal característica es que son muy guapas y maduras para su edad y entablan una relación de amistad platónica con alguno de los protagonistas. Es decir, que no hay cabida para el amor. Como mucho para algún beso de consolación sin segundas intenciones. Un buen ejemplo de esto es Fukaeri, la autora de la Crisálida del Aire, libro que aparece en 1q84. Una chica dulce y disléxica, o el amor según Murakami.
  • Los gatos: en todos los libros del autor de Kioto salen gatos. O bien algún personaje tiene la capacidad de hablar con ellos, como en Kafka en la Orilla, o alguien ha perdido el suyo, como en Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, o (y esto es lo mejor), hay un solar por donde pasean estos animales (como el libro anteriormente citado o en Tokio Blues). Los gatos se adoptan, se cuidan, se encuentran, se abandonan y mantienen una relación vital como si también fueran personajes de la novela.
  • El Otro Mundo: que no el Más Allá. En ocasiones, los personajes de Murakami transcienden las barreras del tiempo y del espacio y aparecen en realidades alternativas (1q84), en lugares alternativos, en otras épocas o conversan con personajes que son irreales o que pertenecen a siglos pasados. Muchas veces son lugares dotados de un poder especial los que comunican estas dos realidades, y otras veces los elementos místicos se manifiestan a través de fenómenos meteorológicos, como las tormentas, o los truenos que no van acompañados de ningún otro fenómeno atmosférico. También los astros pueden sufrir perturbaciones en dichos mundos.
  • El bosque como entidad: no maléfica, sino mítica, antigua o sagrada. La obra de Murakami es profundamente ecologista y marca siempre un binomio naturaleza-ciudad. Esto no es un tema baladí en el que la ciudad sea necesariamente mala porque deshumaniza a las personas, sino que los bosques adquieren su significado pleno de forma independiente. Simplemente existen, y siempre son entidades algo amenazantes cuya conciencia anterior al hombre los convierte en algo que éste no puede comprender.
  • La comida: los protagonistas de las novelas de Murakami son un primor: cosen, planchan, limpian, y no se quejan. Quizá, entre todas sus tareas, de la que más disfrutan es de la cocina. Y también los lectores, claro. Da gusto leer las descripciones que el japonés hace de la comida típica de su país: tofu, soba, soja, bantó…incluso leyendo cómo hacerse un ínfimo sándwich a uno le dan ganas de coger los palillos. Las explicaciones sobre la comida vienen resaltadas mediante adjetivos de fuerte carga sensorial, por lo que el lector experimenta la necesidad de comer dicha comida. ¿Literatura subliminal, quiza?

Esto, además, introduce una idea importante en los best sellers, que es la sensación que tiene el lector de que aprende sin hacer apenas esfuerzo. Muchas de las personas que leen a Murakami hacen el esfuerzo consciente de aprender los vocablos en japonés con los que define la comida, los puestos en los que ésta se vende, los nombres de las verduras, etc. Aunque quizá este conocimiento pueda ayudar en un futuro viaje a Japón, lo que verdaderamente atrae al lector es esa sensación de que lo que está leyendo le está enseñando algo valioso, y que se puede aprender de una manera fácil y divertida.

Además, durante el texto se dejan caer de forma diseminada, perlas en japonés, de nombres no demasiado complicados. Así se aprenden otros nombres como el del gato que mueve la pata y que solemos ver en los establecimientos de Todo A Cien. Pues gracias a Murakami, también aprendemos que ese gato, de nombre maneki neko, es común a varios países Orientales. Y de paso, sabemos otro vocablo con el que quedar bien delante de los amigos o de la novia.

Pero, bromas aparte, también Murakami nos muestra mediante historias parecidas entre sí, la importancia de las relaciones humanas, en un mundo que cada vez se está volviendo más egoísta. Y cómo hemos de mantener abiertos los ojos para verlo absolutamente todo, y no sólo lo que tenemos delante. La realidad es tan compleja que para abarcarla toda, necesitamos a otras personas, criaturas que viven solas en sus propias órbitas y que a veces emiten un destello cuando se cruzan con otras, haciendo que la vida sea un poco menos oscura. Eso es Murakami.

jueves, 7 de julio de 2011

No me da la gana de escucharte

Por Jimina Sabadú

Cuando no pasaba nada, la Nación Taxista decía “A ver si los jóvenes salgan a la calle”. Cuando salieron, dijeron “Con eso no hacemos nada”. Cuando la juventud acampó, dijeron “Son cuatro jipis”. La Nación Taxista Sección Izquierda dijo “Son cuatro pijos”. Cuando la acampada siguió dijeron “No es democrático”. Cuando se quitaron las menciones a partidos, dijeron “Hay que echarles, o harán una revolución”. Cuando se vio que no se trataba de hacer revolución, dijeron “Esto es cosa de Rubalcaba” o “Esto es cosa del PSOE”. Cuando el PSOE salió derrotado, la Sección Izquierda dijo “Es culpa vuestra”, y la Sección Derecha que “No dicen nada de Bildu”. Y la manifestación del 15M se había convertido en acampada, y la acampada había crecido, se había extendido por las ciudades… Es entonces cuando dijeron que eran radicales, que no se duchaban, que eran antisistema. Cuando se levantó la acampada, la Nación Taxista volvió con “Seguro que lo dejan todo hecho una mierda”. Cuando lo recogieron todo y absolutamente todo, dijeron que “los comerciantes habían perdido mucho dinero”. Cuando la marcha fue al Congreso, se invocó a la Constitución y a la Guerra Civil, y también a veces al Golpe de Estado. Cuando volvieron, dijeron que “ya lo dejarán con el verano”. Y aquí estamos recién entrados en el verano.

Entre todas estas opiniones y chistes, desde los colectivos asociados al 15M se había elaborado una lista de los políticos imputados por delitos de corrupción que abarcaba, curiosamente, a todos los partidos que habían ninguneado al 15M o que habían advertido sobre su poder desestabilizador.

Cuando miles de jóvenes fueron a manifestarse al Congreso, salió una foto de su interior en la que había menos de una docena de diputados. Para aprobar el Pacto del Euro había unos cuantos más. Todos ellos de acuerdo en que está bien recortar en Sanidad, Educación, y en ayudas a los colectivos menos favorecidos. En momentos de crisis, claro está, hay que apretarse el cinturón, pero eso en ningún momento pasa por eliminar coches oficiales, controlar el absentismo, eliminar privilegios en el pago de impuestos, limitar las dietas, la inmunidad, hacer que los delitos de corrupción no prescriban… En algo estaban de acuerdo por fin PP y PSOE: en que pagáramos nosotros. Pero hay un problema, y es que nosotros poco más podemos pagar. ¿Podemos aguantar otro año con cinco millones de desempleados? Puede ser. Aquellos que tengan familia de la que vivir, desde luego. ¿Y los demás? No sabe, no contesta.

La ampliación del perímetro de seguridad del Parlamento en horas de manifestación ha dado una idea clara de lo que está pasando: la Nación Política, al igual que la Nación Taxista, prefiere no escuchar. Los problemas se hacen cada vez más grandes y sí, quizás nos olvidemos durante el verano, porque el calor, igual que no te deja dormir, te relaja. Pero, ¿qué pasará en septiembre?.

Según los tertulianos de la mañana de RNE, los jóvenes no tenemos de qué quejarnos porque podemos viajar a Londres por treinta euros (sic), pero resulta que los jóvenes ya no tenemos treinta euros. Puede que tardemos mucho en volver a tenerlos. Porque nos pasamos años, años, y años, con empleo precario. Algunos estamos dejando de ser jóvenes y seguimos con empleos precarios o en trabajos donde la precariedad está solo en el salario. Agradecidos, tenemos que sonreír, aguantar, y no cobrar vacaciones, horas extras, ni dietas de ningún tipo (la comida, de casa, y que se sirva fría, que rara vez hay microondas) para conservar ese trabajo de ensueño. Tenemos que seguir rotando en puestos de teleoperador, de camarero, de becario, mientras pasan los años y dejamos de ser jóvenes, mientras nos dicen que “eso son los comienzos”. Pero ¿Cuánto duran los comienzos? No lo se, pero sí se que las acampadas han sido un comienzo. Bien es cierto que muchos manifestantes no han estado allí más que al mogollón, que han ido a corear “No nos representan” igual que han coreado “Villa maravilla” o los ritmos de Carlinhos Brown cuando una marca de snacks le ha traído. Pero los que se preocupan, se quedan. Y se seguirán quedando y manifestando cuando se acabe el dinero, el de nuestras familias y el de nuestros ahorros. Y entonces, con más ganas y más saña. Porque lo que no sabe la Nación Taxista es que el 15M nos ha ofrecido algo que ellos jamás nos han dado: la oportunidad de sentirnos útiles y apreciados. La oportunidad de hacer las cosas por ti mismo, de elegir, y de participar. Tampoco sabe la Nación Taxista que este movimiento “juvenil” tiene en su haber a un sector mucho más quemado que el de los antisistema. Tiene a un montón de hombres y mujeres de mediana edad que han sido despedidos y que saben que lo más probable es que no puedan volver a trabajar.

La crisis tiene pocos visos de ir a menos. Tiene pinta de que va a ir a más. Y mientras que nosotros nos quejamos, ¿Qué van a hacer en los medios y en el Parlamento? ¿Seguir diciendo “y tú mas”? ¿Hasta cuándo? Puede que cuando ellos también se queden sin trabajo, porque ya no haya dinero para nada ni nadie, puedan bajar a la plaza y leer los carteles y las propuestas.