domingo 4 de diciembre de 2011

Debe ser Satanás

Por Jimina Sabadú

No me fijé al principio porque olía a pizza casera en uno de los chalets y estaba mirando por la ventana. En cierto modo me hacía ilusión ver a una familia pudiente sacando una pizza casera del horno. Pero no les vi por esto que os digo.
 
Estaba oliendo el aire, y en él, la pizza margarita. Y vi a un hombre joven vestido de negro, con el pelo rizado engominado hacia atrás. Delgado y moreno, con una de esas narices tan grandes que es lo único que recuerdas de su cara. Y bajé la mirada porque me daba miedo. Me recordaba a un hombre que había a la salida de la academia, que siempre estaba intentando que le acompañaras a su hotel, porque era argentino y se había perdido. Un día le dije que preguntara en comisaría, en la calle perpendicular, y me dijo que era fea y mala persona. Me lo dijo muchas veces, mientras me metía en el metro. La gente supongo que le oía, pero a ellos les daba igual porque no les daba miedo. Yo sin embargo le temía porque le miré a los ojos alguna vez. Y dentro vi cosas que no me gustaron nada. No se explicarlo bien. Pongamos que es como cuando te enteras de las cosas, de la verdad sobre algo. Tú por ejemplo crees que a alguien le caes muy bien y un día te enteras de que a ese alguien le pareces una histérica, o una pesada. Y antes de eso, tú pensando que era la timidez lo que evitaba que os hicieseis amigos. Pues no. Es la opinión de esa persona sobre ti, y el hecho de que lo único que la separa del odio es tu interés en ganarte su amistad. Y esa persona sabe que lo sabes, y te mira avergonzada pero también divertida, como pensado “¡ups! ¡es cierto, me das asco!”, y tú decides no cruzar las miradas porque la persona que ha quedado mal de verdad eres tú. Bueno, eso es lo que te pasa si ves al tipo que digo, al argentino de los libros. Pero eso que parece que solo lo puedo ver yo, creo que se me ve en la cara a veces. Por eso tuve que sacar el vino, aunque en un principio dijimos que no ibamos a tomar nada de alcohol. Me dijo Mario que esas reuniones, las improvisadas, son las mejores, pero a mi se me iba viendo esto en la cara, y por más que bebía no cambiaba, sino que se hacía más y más evidente. No se si alguien lo veía. Pero yo me encontraba cada vez peor. En algún momento de la velada pusieron música y a pesar de que es mi casa, no tenía ni idea de qué disco era o de dónde habría salido. Los bajos sonaban muy fuerte y solo me recordaba a lo que ponen de ambiente en las coctelerías de mesas bajas del centro. Esos sitios en los que las camareras se arreglan como Beyoncé y los camareros te tiran los trastos. Todo lo contrario al bar de Mario, del que hablamos tanto durante la noche. 

Mario, en la época que vivía en casa, no paraba de darle vueltas a la idea de abrir un bar. Un bar para los amigos. ¿Y si entra alguien a quien no conoces? Le decía todo el mundo. Pues por entrar, ya es nuestro amigo. Es una actitud. Decía. Es una actitud, lo de los amigos. El bar de Mario duró dos telediarios y salvo cuando ibamos nosotros, siempre estaba vacío o con alguien que se enfadaba porque tardaban en servirle el mojito. Siempre llevaba la copa a la mesa diciendo “chicos” delante de cada frase, y siempre había azúcar moreno en esos trastos como de hamburguesería americana. Y por supuesto, se arruinó. La comida casera, nada. Tostas que tardaban demasiado en salir del hornito, y unas empanadillas de carne suave que prometían más de lo que daban. No era un local horrible. De hecho era más agradable que la mayoría de los de su zona, pero simplemente no cuajó. Creo que si hubiera ofrecido el mismo servicio con peores modales, aún estaría abierto. Mario no gustaba de hacer las cosas con prisa, pero sí con dedicación. Así empezó la broma. Cuando estábamos en la cocina cocinando y oíamos a los vecinos discutir. De esas discusiones tan fuertes que se meten en tu casa quieras o no. Discusiones con reproches, golpes, y cambios de tono de voz. Como si a la gente que grita al otro lado del patio les agarrasen las cuerdas vocales para que tuviesen que esforzarse más en chillar. Hablando sobre el tema, dimos por sentado que era una pareja que no tenía dinero para divorciarse. Era el único motivo por el que esas dos personas podrían vivir juntas. Estaba claro que se odiaban, y no puedo jurar que alguna vez se hubiesen querido. Nunca hemos sabido por qué se odiaban tanto y cómo empezaron a hacerlo, pero sabíamos que deseaban mantenerlo en secreto. Por la calle sonreían constantemente y cada vez que hablaba alguien con ellos eran tan enfáticos como una locución de El Corte Inglés. ¡Buenos días! ¡Qué abrigo tan bonito! ¡ Con el frío que hace! A veces se permitían onomatopeyas, y bromas. Yo he evitado cruzarme con ellos, y más ahora, que Mario no está. Él empezó la broma. Un día que hasta las toallas del patio se encogían de miedo con una de sus broncas, Mario se puso las zapatillas y llamó a la puerta de ellos. Se quedaron en silencio y ella abrió. Mario dijo que tenía problemas con la tele y les preguntó si ellos los tenían. Les tuvo un buen rato haciendo comprobaciones, supongo que para ver cuánto aguantaban. Luego se fue y ellos, me dijo Mario, se quedaron mirando desde el marco de la puerta. Yo solo vi la luz de lámpara que salí de su entrada comiéndose la luz azul del patio. Esa noche en cuanto me metí en la cama se me pasó la sensación, pero me acordé del argentino. Al poco, ver al argentino me empezó a recordar a mis vecinos, porque Mario empezó a hacer esto cada vez con más frecuencia. Cada vez que gritaban él se presentaba allí como si no hubiese oído nada, y les ofrecía quiche Lorraine, steak tartar (con la excusa de que si no se comía ya se ponía malo), y revuelto de setas. Le recuerdo un día batiendo huevos mientras miraba por la ventana, como si tuviese que apuntar a un ave diminuta. Sabía que si echaba demasiado pronto el huevo, el revuelto se quedaría frío y aplastado y ya no tendría sentido pasar por allí. Y entonces, el bar cerró. El bar de Mario. Y él se tuvo que mudar con su novia porque obviamente, no podía pagar el alquiler. Y vino Hugo, que no sabe nada de todo esto. Él cree que son vecinos normales, igual que cree que Mario no es más que un pesado que una vez tuvo un bar. Cuando nos ibamos a ir a dormir, Hugo empezó con lo del grupo de teatro. Que tenemos que juntar al grupo de teatro y hacer textos. Por eso mañana tenemos que vernos en otro bar, otro sitio que lleva otro Mario. Un Mario de otra casa, con otros vecinos que chillan pero saludan mucho. Yo mañana estaré muerta de sueño, en ese otro bar, pensando que tengo que echar la tarde para al final no resucitar ningún grupo de teatro, fingiendo que tenemos menos años de los que tenemos. Pidiendo cañas antes de pasar a las copas, y deseando que a la vuelta no estén ellos. 

Ahora, por suerte, va a amanecer. He oído el primer pitido de microondas. Pronto oiré tazas golpeando fregaderos y oleré tostadas y café y zumos. Y pasos que corren hacia el colegio. En cuanto empiece todo esto, sabré que la luz va a entrar por la ventana y que puedo estar tranquila. Por suerte, a veces, incluso el diablo baja la guardia.

1 comentarios:

Dave Garia dijo...

ganicas que tengo de que saques otro libro coñe......lo de la nariz superlativa, pegada a la cara,se me ha quedado ;).....un poco abrupto el cambio de tema por ponerle un pequeño pero(pero chiquitico....chiquitico....solo para que conste).....sigue escribiendo así de bién que yo seguiré leyendote y disfrutando.....y si te asusta otra vez un tipo grosero de esos me llamas que yo le puedo ;)