miércoles, 8 de mayo de 2013

Entrevista a Diana y Bonne Mine


Estamos buscado gente que hace cosas poco comunes, es decir, raros. Y hemos encontrado a Diana, que con 33 años ya hacía el Travelmapa, un mapa turístico de Cáceres y ha creado Bonne Mine, una línea cosmética para pieles con problemas. Medio española medio francesa, Diana G. Vignollet es nuestra primera rara, rara.



video

 ¿Qué pasó por tu cabeza para querer estudiar F.P. de Estética después de la Universidad y acabar creando una línea cosmética?
Digamos que lo de la línea cosmética vino después y a raíz de una afición, porque inicialmente tan sólo era eso, una afición. La dermatología, la cosmética y las alteraciones de la piel que sufría me interesaban mucho y un día decidí “profesionalizarme” en la materia. Así que estudiar Estética era justo lo que me hacía falta para ampliar conocimientos, adquirir práctica e impulsar la idea que me rondaba por la cabeza que era crear mi propia línea de cosméticos y hacer de ellos productos verdaderamente eficaces.
¿Y no te dijeron que tú eras rara, rara?
Pues claro, y aún lo piensan. Y puede que lo sea realmente… uno no hace este tipo de cosas habitualmente…Tan sólo nombrar mi proyecto sonaba a algo demasiado complicado, inalcanzable. Y debo reconocer que no fue fácil, teniendo en cuenta que he participado activamente en la composición de cada cosmético.
¿Cómo se crea una crema? ¿Qué referencias has tenido? ¿Cuánto has tardado hasta tener la línea completa?
Crear un cosmético de cero supone llevar a cabo varias operaciones. En primer lugar hay que tener claro qué tipo de cosmético quieres crear y sus características con respecto a la composición (qué excipiente y principios activos llevará) y a su imagen (aspecto, envase, etiquetado). Después debes buscar aquellas empresas que puedan fabricarlo y envasarlo según tus indicaciones. Las referencias me las han dado los conocimientos adquiridos durante los estudios, la ampliación bibliográfica y mi propia experiencia. Desde que inicié el proyecto hasta que la línea cosmética fue una realidad en el mercado pasaron dos años.
¿El siguiente paso cuál es?
Darlos a conocer. Crear un buen cosmético tiene sentido si hay personas que pueden beneficiarse de sus efectos. Así que abrí mi propio salón donde ofrecer mi línea cosmética en el contexto de mis tratamientos faciales en cabina. Estoy especializada en pieles con problemas como acné, manchas, marcas, envejecimiento prematuro…
¿Sólo Cáceres o quieres ir más allá?
Si alcanzase el nivel de consolidación que me he marcado no dudaría en la creación de franquicias allá donde alguien esté interesado en ofrecer mi tratamiento y cosméticos. Hoy en día, si el negocio es estable, no tiene sentido limitarse geográficamente.
¿Vives de esto?
O eso intento. La coyuntura económica actual no es muy favorable, hay que recordar que la cosmética es un bien accesorio pero mi público objetivo comprende la importancia de una piel sana y bonita y ésto, en ocasiones, es suficiente. Ya sabes, si aguantas ahora, qué no podrás hacer cuándo todo esto termine…


Diana G. Vignollet
Bonne Mine
info@bonnemine.es

Más fotos en Facebook. facebook.com/layogourtera
Síguenos en Twitter @layogourtera

lunes, 8 de abril de 2013

Ésto es raro, raro

Aquí os dejamos la promo de nuestra nueva sección de entrevistas
Que llegará pronto.

video

miércoles, 13 de junio de 2012

Fútbol y literatura

Los términos del título no son excluyentes, aunque pudiera parecer lo contrario. En primer lugar, porque existen jugadores a los que les gusta la escritura. Y en segundo lugar porque en estos últimos tiempos, al igual que un síndrome pre Eurocopa, han ido apareciendo cada vez más libros sobre el llamado deporte rey.

El fútbol ya no es lo que era cuando Di Stefano marcaba goles. Los deportistas actuales se han convertido en todo aquello que los chavales soñaban de pequeños. Son modelos, aparecen en fiestas, conducen cochazos deportivos, tienen novias guapísimas y ahora encima se interesan por la escritura. Ya no son clones de James Bond, sino que además son sensibles.

Hace un tiempo, el fútbol y la literatura eran palabras que no podías poner en la misma frase. No te podía gustar el 4-4-2 y además leer a Víctor Hugo. Poco a poco, la cantinela ha ido cambiando, y ahora el fútbol no sólo mueve millones en publicidad, sino también genera gran cantidad de libros en torno a sus ídolos. Las biografías de jugadores como Cristiano Ronaldo se encaraman fácilmente a los top seller de todo el mundo. Semanalmente se presentan libros donde los periodistas que orbitan alrededor del balompié escriben sobre sus ídolos. Y ya no sólo son manuales sobre este deporte (que los hay) o análisis de tal o cual jugada, sino recorridos de una época en la que el fútbol tenía incluso más importancia que ahora. Del gol de Zarra al gol de Iniesta, de David Guerra y Borja de Matías ha sido el último en incorporarse a una larga lista de títulos que reflexionan sobre este deporte. En esta ocasión se trata de un compendio de más de cien entrevistas realizadas a los jugadores de la selección española. Aquí se narran las victorias y las derrotas que han mediado entre ambos goles. También los penaltis fallados, las injusticias arbitrales, los balones enviados al cuerpo del portero elevando a todo un país a la gloria para después dejarlo caer en la más absoluta decepción. No hay que negar que las victorias unen, pero las derrotas unen más todavía, y más si tenemos ocasión de mentar de paso a la madre del árbitro. Eso le da una dimensión épica al fútbol, y exonera a nuestro equipo de toda responsabilidad, ya que el resultado ha sido el capricho de una voluntad ajena a la que nosotros, pobres víctimas, nunca podríamos haber hecho frente.

Un amigo lleva unas semanas hablándome de un libro llamado Hombres que pudieron reinar y otras leyendas del fútbol, de Ruben Uría. Aparte de que el título es bastante sugerente por sus connotaciones épicas, lo que verdaderamente estremece es el subtítulo del libro: lo tenían todo para ser mitos, pero hoy son poco más que recuerdos. Aquí el fútbol se queda un poco de lado para entrar en el terreno autobiográfico. Se trata de las vidas de jugadores excelentemente dotados, capaces de llevar a cabo heroicidades a las que no llegaría ningún mortal, y que por su mala conducta tuvieron una carrera más o menos mediocre, jalonada por peleas, escándalos, alcoholismo y problemas psicológicos. Y esto le da al fútbol una dimensión trágica, de tintes shakesperianos, en la que el héroe no puede cumplir su sueño por el vengativo destino. Reconozcámoslo. Cuando vemos a los futbolistas bajando del autobús, con ese aire disperso que tienen todas las estrellas, firmándole un balón a un niño o sacándose una foto con alguna adolescente llorosa, sin despeinarse y sin perder la sonrisa, a nadie nos parecen humanos. Tienen ese halo de imposibilidad que les aleja de nosotros, simples mortales. Pelé nunca existió. Y quizá ni siquiera Butragueño haya existido. Son criaturas elevadas a su pedestal a golpe de talonario y de gomina, estrellas sacadas de una vida de pobreza que ahora ven como esa niñez jugando al fútbol sin tener unas míseras zapatillas se convierte en una recompensa celestial. Historias incluso de curaciones milagrosas, si quieren. Historias de triunfadores.

Pero este libro, el del futbolista que derrocha su talento a causa de la bebida, cuenta historias deslucidas, con un baño de oro malo, bajo el cual se ve una piel que respira. Casos de futbolistas que les gustaba la fiesta y que acudían con resaca al campo, se cambiaban, remontaban el partido, y después se iban a dormir la mona. Son historias que de puro desquiciante, resultan humanas. Futbolistas que lo tuvieron todo y que no supieron mantenerlo, y dejaron que se les escurriera entre los dedos. En los dibujos animados, habrían acabado siendo entrenadores de Mark Lenders por lo menos. Vidas desgraciadas, tan trágicas que recuerdan al boxeo. Futbolistas que no conducían cochazos, ni tenían a una modelo al lado, ni tenían unas cláusulas de rescisión exorbitantes, ni se iban de crucero, ni anunciaban colonias. Hombres para los que la única victoria era levantarse cada mañana y lograr haber sobrevivido un día más. Vidas de un Bukowski con dorsal a la espalda. Piensen en ello.

En el fondo no somos nada, ni siquiera los futbolistas.

miércoles, 2 de mayo de 2012

Y QUE SE NOS QUITEN LAS GANAS DE UNA VEZ

Por Sara Cordón


A veces me sometería a la castración química. Me diréis que qué barbaridad. Pero, en un mundo en el que se venden pastillas que inhiben el hambre para que se nos quede un tipín y en el que se consumen drogas que nos tienen despiertos toda la noche, tener el antídoto de la lujuria me parecería de lo más normal. ¡Adiós a subirse por las paredes!
¿Que supondría renegar a varios momentos épicos? Siempre podemos dejar la medicación si tenemos un planazo a la vista. Pero, seamos sinceros, ¿cuántas de aquellas noches prometedoras acabaron quedando en una especie de «me pica aquí», «pues, venga, que te rasco». Por contraposición, pensemos en el condicionamiento tan grande que supone en nuestras vidas el deseo sexual.
Dichosa libido. No me digáis que la castración química no os habría ahorrado varios momentos humillantes dignos de cualquier peli de la saga American Pie: ese instante en que decides lanzarte al ligoteo y acaba haciéndote la cobra el más feo del bar, el sufrimiento por un supuesto desdén amoroso que no es otra cosa que una fase de celo no satisfecha o la noche toledana en la que oyes a tu vecino machacar los muelles de la cama, ñaca-ñaca, y te sientes el ser más miserable del universo. 
¿No castramos a nuestras mascotas para que no sufran, sean más dóciles y no acaben preñadas de chuchos indeseables?. La castración química, además, no es como la que se les practica a los animales. No implica ninguna operación quirúrgica, no esteriliza y nuestros órganos seguirían ahí por si decidimos reanimarlos en algún momento. Solemos relacionar el concepto «castración química» con delincuencia sexual. ¿De verdad es necesario ser unos degenerados para poder paralizar ese fastidioso impulso animal que nos tiene sometidos?
Siempre que hagamos una elección libre, la castración química podría ser una buena solución. Total, es como el que se toma una Viagra pero a la inversa. Es decir, unas pastillicas para el cuerpo y el adolescente pajillero recuperaría la tranquilidad, la cordura, la confianza y, probablemente, tendría incluso más éxito.
La revolución sexual de los 60 ha quedado ya muy lejos. La cosa no está en follar con quien se quiera. El verdadero dominio de nuestro cuerpo consistirá en poder suprimir las puñeteras ganas de una vez. ¿Una idea mojigata? ¡Pre-cur-so-ra! Estaréis conmigo en que en Japón están a la cabeza de casi todo. Pues allí lo que se estila es eliminar el sexo de la vida. Hace poco emitieron en Documentos TV un documental titulado El imperio de los sinsexo. El caso es que nuestros amigos los japos nos dicen que lo mejor que le puede pasar a uno es evitarse todos los follones que suponen el flirteo, la conquista y la presión de estar a la altura en una relación sexual. En nuestras vidas hay demasiadas exigencias sociales. Bastante tenemos con estudiar, aprender idiomas, decir cosas muy ocurrentes durante las cañas de después del trabajo, aspirar a complejos cánones de belleza, ser activos en las redes sociales, conciliar el trabajo con las tareas del hogar o cuidar de nuestros padres y abuelos enfermos que cada vez viven más años. ¡No, no y no! Resulta un engorro tener relaciones actualmente. Solo es necesario ver las seis temporadas de Sexo en Nueva York para darse cuenta del lío en que andamos metidos. Si queremos placer y tenemos que estar pensando en demostrar nuestras habilidades posturales, tener la intimidad suficiente, durar mucho, fingir mucho, preocuparnos de si estamos bien depilados, y hasta de darle gustito al otro, el sexo se convierte en una terrorífica fuente de estrés.    
Por todo esto los nipones ya ostentan el récord mundial de abstinencia. De hecho, el gobierno comienza a alarmarse porque un tercio del país ha dejado de hacer el amor y, aunque los divorcios son poco frecuentes y las parejas duran muchos años, su tasa de natalidad es la más baja del mundo. Como decían las ñoñas de Papá Levante: «No está de moda practicar sexo». Para ellos no tiene que ver con ningún complejo puritano, sino con un individualismo y un ansia de comodidad exacerbados.  Eso sí, todo hay que decirlo, se ponen morados con pelis porno, cacharritos para masturbarse de todo tipo y muñecas de silicona que dan miedo de lo reales que parecen (Love dolls). ¿No creéis que resulta tan triste como ver a nuestras mascotas copulando fallidamente con su osito de peluche?. ¡Castración química ya!.

Los japoneses nos enseñan que dejar de fornicar no significa renunciar al placer. Hay prácticas menos exigentes. Para ellos, el colmo del refinamiento erótico consiste en que les pasen un algodoncito por la oreja o en ir a los Neko Cafés a acariciar gatitos mientras se toman un piscolabis.
Salidorros y salidorras del mundo: ¡liquidemos a nuestras hormonas y su tiranía!
No sé si os habré convencido. En el fondo yo tampoco lo tengo claro. El caso es que, mientras decidíamos si castración sí o no, hemos conseguido, por un momento, que la sangre no se nos baje al mismo sitio de siempre.

sábado, 14 de abril de 2012

El viaje literario del Titanic


Este año se cumple un siglo del hundimiento del Titanic, un barco relacionado en cierto modo con la literatura. No sólo porque su propia historia (la caída del gigante por orgullo) sea una auténtica tragedia griega, sino porque además se ha escrito mucho sobre su único viaje.

Comencemos. En 1898, Morgan Andrew Robertson escribe un libro titulado Futility. En él se describe con todo lujo de detalles el hundimiento de un gigante trasatlántico llamado Titán, con más de una sospechosa coincidencia. Catorce años más tarde se producía la tragedia, esta vez en la realidad. Preguntado el escritor, confesó que durante la escritura del libro había sentido como si le dictaran el contenido del mismo y que él sólo había sido un instrumento que contaba la historia. Para los aficionados a la parapsicología, este es uno de los mejores ejemplos para demostrar que existen las premoniciones. El libro se reeditó unos años después del hundimiento del Titanic, y resultó ser un éxito de ventas, aunque no de crítica (ya sabemos que ambas cosas no van siempre de la mano). 

Parece ser que las coincidencias se dieron entre las medidas de ambos barcos, el material con el que estaban construidos, y el hecho de que ambos chocaron con un iceberg. La casualidad (o no) llegó hasta tal punto que ambos escritores (Robertson y la realidad) situaron ambos iceberg con una separación de pocos metros. Con el tiempo, un matemático llamado Martin Gardner contribuyó a aplacar esta fiebre por las profecías diciendo que si uno escribía sobre catástrofes, tarde o temprano alguna acaba haciéndose realidad. Lo cierto es que la historia parece más una película del mejor Hollywood de acción antes que algo que sucedió realmente. Si quitamos el romance de Jack y Rose, el naufragio real del Titanic podía haber sido rodado también por James Cameron. Pocas veces ha sido tan cierto aquel dicho de que la realidad imita al arte. La confianza de los armadores, que rozaba la estulticia al no disponer de suficientes botes de salvamento, el atrevimiento supremo de considerar indestructible el Titanic y el alzamiento de puño final contra el Cielo, afirmando que “ni Dios podía hundir aquel barco”, nos recuerda de forma inmisericorde a aquel proverbio de la Ley de Murphy de “si algo puede salir mal, saldrá mal”.

Otro escritor apasionado por la leyenda del Titanic fue Joseph Conrad, aunque por motivos bien diferentes. El creador de El corazón de las tinieblas confió en el correo del Titanic para entregar un manuscrito en Estados Unidos. Ahora el manuscrito reposa en el fondo del mar engrosando la leyenda del buque. Conrad escribió en su día dos alegatos que ahora publica Gadir Editorial bajo el título de El Titanic. En ellos se quejaba amargamente de la enorme pérdida de vidas humanas por el mercantilismo desatado de la empresa White Star, propietaria del Titanic. El autor, crítico con la esclavitud del continente africano, comparó esta condición al hecho de que pocos pasajeros de tercera clase pudieran salvarse, ya que en los botes tuvieron prioridad los ricos e incluso llegó a fletarse una balsa salvavidas sólo con tres perros millonarios a bordo, mascotas de alguna dama acaudalada. A muchos de los pasajeros de tercera se les impidió la salida a la cubierta del barco hasta que ya fue demasiado tarde. Conrad critica en su obra aquellas muertes que llega a considerar heroicas. Menos mal que aquellos eran otros tiempos y ahora eso ya no pasaría.

Y ahora, este año, retomando la fiebre del centenario, Hugh Brewster nos obsequia con Titanic: el final de unas horas doradas, publicado por la editorial Lumen. Se trata de un estudio riguroso de lo que fueron las últimas horas del coloso. Quizá peca de exceso de rigurosidad, pero en los tiempos que corren es algo digno de agradecimiento. Sin embargo, a pesar de la frialdad de los datos ofrecidos (como el número de palillos que se hundieron en el océano), el corazón de la historia sigue latiendo porque a todos nos gusta imaginarnos aquellas últimas horas, asomarnos morbosamente a los detalles reales que tuvieron lugar durante aquel viaje y que son dignos del mejor blockbuster de catástrofes. Los momentos más conmovedores de la película de Cameron son aquellos que sabemos que tuvieron lugar en realidad, como los irlandeses que juegan al fútbol con el hielo que se ha desprendido al chocar con el iceberg o la orquesta que siguió tocando mientras el barco se hundía. Eso son aderezos de auténtico valor humano, como dirían los presentadores de los magacines de por la tarde. Algunas veces nuestro lado más sórdido se estremece de placer con las malvadas casualidades que nos ofrece la historia, como el hecho de que un turista llegase a fotografiar meses más tarde un iceberg con una raja roja pintada en un lado, que le señalaba como el culpable de haber hundido al Titanic.

Aunque haya pasado un siglo, las generaciones venideras también quedarán impresionadas por esta historia de Torre de Babel moderna, con moraleja incluida, la de no desafiar al Cielo, no sea que éste te ponga un iceberg en una noche clara. Y eso es lo que le confiere un valor enormemente épico a esta tragedia, y no aquella señora con moño que moría en El coloso en llamas.

viernes, 16 de marzo de 2012

Nostradamus vuelve en una Harley


Después de estar eones amenazando con zombis, plagas y meteoritos, por fin ha llegado el temido año 2012 y la Humanidad contiene el aliento. El 21 de diciembre termina el calendario maya, aunque los conspiranoicos no se ponen de acuerdo sobre si este hecho significa algo en sí mismo o si lo que viene a pronosticar es un cambio de conciencia colectiva, tras el cual el ser humano saldrá reforzado y será mejor persona (lo cual tampoco es muy difícil).

Cada cierto número de años, toca fin del mundo. Y lo pongo con minúsculas porque es un fin del mundo pequeñito, que no parece verdad, como si no nos fuera a tocar a nosotros. La gente se lo ha tomado un poco a chirigota, después de la decepción que supuso el Efecto 2000, que sonaba más importante. Pero como cada cierto número de años, los más agoreros tratan de probar empíricamente aquello que no se puede, es decir, el fin del mundo. Los principales apocalípticos recogen profecías antiguas en lugar de crear las suyas propias. Ahí tenemos a San Malaquías, o a Nostradamus, cuyas Centurias se siguen vendiendo en época de crisis espiritual. En medio de tanta teoría apocalíptica, reforzada además por el cambio climático, los fenómenos naturales y la muerte súbita de animales por todo el planeta, ha venido a aportar su particular grano de arena un libro llamado 2012: Las Profecías del Fin del Mundo, escrito por Laura Castellanos. Este libro parece recopilar las teorías que preconizaban otros fines del mundo, como los de los new age. También analiza el gusto morboso del ser humano por ponerle el punto final a esto. Desde el uno de enero de este año han proliferado las sectas que afirman categóricamente que se acabó lo que se daba. Las teorías que se llevan la palma son las que abogan por la tormenta solar, la caída de un meteorito o la guerra nuclear. También hay que aclarar que el cine de Roland Emerich tiene bastante que ver en todo esto.

Hace unos cuantos años hubo un triplete de Apocalipsis que al final se quedaron en agua de borrajas. En 1997, porque lo había dicho Nostradamus en una de sus centurias. Esta sí estaba en el libro, todo hay que decirlo, no como la del 11 de Septiembre, que fue un bulo que corrió por Internet. Tenía hasta un día concreto, el 14 de julio. Pero al final no hubo ningún Armaggedon que estropease las vacaciones a las familias. Entonces, la gente se aferró a 1998 porque era 666 (el número del diablo), multiplicado por tres. También se profetizaron desgracias elevadas a la enésima potencia. Siguió sin pasar nada. Los apocalípticos, cabezotas ellos, se empeñaron entonces en 1999, porque era 666 al revés. Nada. Y ya quemamos la última traca, la del año 2000. Esta profecía venía con explicación tecnológica incluida. Durante mucho tiempo no se puso el número que correspondía al siglo para ahorrar memoria, por lo que muchos programas sólo funcionaban con años que empezaran por “19”. Los ordenadores no reconocerían el 1 de enero de 2000, y volverían a 1900, donde empezaría todo el lío. Como todo está informatizado, vendría el caos global, ya que se perderían innumerables datos. Así explicado tenía más lógica que otros Apocalipsis, y había acérrimos defensores de la teoría de que entraríamos en el año 2000 alumbrándonos con velas y sin calefacción, y ese sólo sería el principio del regreso a las cavernas. Como sabemos ahora, no llegó a pasar nada, aunque los más pesimistas insisten en que en el 2038 volveremos a tener ese problema. Después del año 2000 la gente se quedó un poco chafada cuando la vida siguió igual. El año 1000 había sido igualmente movido, según las pinturas románicas y los pantocrátor, pero tampoco pasó nada reseñable.

El fin del mundo más glamuroso lo predijo Pacco Rabanne, que dijo que la estación rusa MIR iba a caer sobre París coincidiendo con un eclipse de sol. Aunque imaginativa e interesante, la profecía no se cumplió. Sin embargo, todo este imaginario colectivo de profecías ha ido calando progresivamente en el ser humano, del mismo modo que el dicho popular de yo no creo en las meigas, pero haberlas haylas. Por eso este año están proliferando las asociaciones de vecinos que se juntan para construir un búnker bajo tierra para esperar acontecimientos. Esto nos da cierta sensación de envidia a las personas cuya comunidad no se pone de acuerdo ni en el color para pintar el patio, con que mejor no pensar en el Apocalipsis. En resumen, que entre risitas y por el qué dirán, la gente poco a poco se va pertrechando por si acaso. Comprando latas de comida, preparando una mochila con una muda limpia, robando cerillas en los restaurantes etc. Así, sin darle importancia, hay todo un movimiento apocalíptico que ya ha terminado de pagar el búnker y espera la nueva temporada de The Walking Dead para coger ideas de supervivencia. Pero esto es sólo por si acaso ¿eh?, que yo lo del fin del mundo tampoco me lo termino de creer.

jueves, 16 de febrero de 2012

De la serie: Benelux


En tiempos de crisis uno tiene que probarlo todo o casi todo. Por eso me presento cada día a diez trabajos. Muchas veces ya hay más de mil personas apuntadas cuando me inscribo a la oferta de un puesto vacante. Pero cuando el anuncio lleva menos de dos horas puesto, llego entre los cincuenta primeros y tengo posibilidades de que me entrevisten. De estas entrevistas he sacado algunas experiencias que pensaba recopilar en un libro que se llamaría “Benelux”, pero he pensado que quizás no quiero hacerlo. Sin embargo, me gusta, de vez en cuando, contarle estas entrevistas a mis amigos porque las cosas están feas y las entrevistas de trabajo se han convertido en un abismo de mezquindad importante. La más reciente ha sido gracias a un anuncio en segundamano.es. Guardo en mi Flickr capturas de pantalla de trabajos que se ofrecen en esta web. A veces piden una mujer que trabaje en tareas del hogar, régimen interno, una tarde libre a la semana, que sepa cocinar (cocinar bien. Especifican que tiene que cocinar bien), planchar, que cuide de los niños y de los ancianos, y que tenga una educación exquisita. Suelen ofrecer 500-600 euros. Últimamente prolifera el trueque: hombres solteros ofrecen alojamiento y comida a cambio de sexo. A veces me veo tentada a responder a alguno de estos anuncios solo para ver cómo es la persona que los escribe. Pero de momento, no lo hago. En el primer caso me vería obligada a ir hasta alguna urbanización en las afueras, tras -seguramente – dos horas en el transporte público. En el segundo caso acabaría en una situación muy desagradable en la que no quiero verme envuelta. Por eso, de momento, solo me presento a cosas que veo que no afectan a mi seguridad.
 
Hace años pensaba que una oferta de trabajo tenía que estar escrita sin faltas y remitirme a una dirección de correo que no fuera Yahoo o Hotmail. Esto ya no es así. El otro día respondí a un anuncio escrito por completo en letras mayúsculas, y que habían colocado en un día festivo. Adjunté uno de los currícula que tengo (en el que menos estudios y experiencia aparecen) y asumí que nadie me respondería. Pero me respondieron. Cortopego el mensaje para conservar el efecto plástico que seguramente ellos nunca buscaron.

Buenos tardes
Esperamos tener su respuesta,para una entrevista personal
 ya que vimos su interes
De trabajar en nuestra empresa
al responder nuestro anuncio en segundamano
Las entrevistas se efectuaran el dia lunes 12/12/2011
Presentarse con su cv, buena presencia
En el horario de 17.00 a 19.30 hs,en calle
------- 4 local a pie de calle
Metro ventura Rodríguez llinea 3
Preguntar por el sr ---- srta ----
Un saludo


Durante una hora o dos pensé que el anuncio era de verdad, pero no dejaba de pensar en su estructura de poema dadá. La inquietud me llevó a buscar la empresa en Google, y me salió el blog de un transexual que había tenido una mala experiencia con ellos. Al parecer, era un negocio piramidal donde te daban clases de motivación como en “El Año de la Garrapata” y donde te prometían que con esfuerzo, sacrificio, y tiempo, pronto estarías ganando ocho o nueve mil euros al mes. Los comentarios del blog estaban llenos de defensores y detractores. Todo ellos estaban cortados por el mismo patrón: los defensores de la empresa eran analfabetos funcionales, y los detractores, gente con nociones básicas de ortografía y pinta de estar muy quemada.

El anuncio pedía en teoría comerciales telefónicos para Jazztel. Creo que con eso lo he dicho todo. Como en el mail pedían buena presencia, me puse un sombrero de fieltro, un uglychristmas, unos shorts vaqueros, una chupa vieja, y unos leotardos negros. Cuando llegué allí, una docena de chicas hablaban por teléfono en una habitación sin ventanas en un piso bajo. Una de ellas me indicó donde eran las entrevistas. El hombre que me atendió insistió mucho en que me quitara el abrigo y se sentó a mi lado en el sofá, haciendo ese gesto de acercamiento físico que consiste en cruzar las piernas hacia el lado del interlocutor. Lo que en mi mundo significa “huye”. Si alguien quiere que te sientas cómodo en una situación que no lo es, nunca es por nada bueno. El hombre me explicó que contrato, lo que era contrato, no me iban a hacer. Había descubierto que la gente trabajaba mejor a comisión. Me prometió miles de euros y ascender en la empresa a largo plazo. Me preguntó si yo me veía allí a largo plazo. Le dije que cuatro años no, pero que uno sí. “¿Tanto tiempo?” dijo. Vaya. Este hombre piensa desmantelar esto muy pronto, me dije. Mostró mucho interés en saber si yo pagaba alquiler. Le gustó ver que no. Porque, claro, como tenga que pagar un alquiler a base de comisiones, voy lista.

Tras un rato de promesas de gloria y riqueza, me explicó el trabajo. Yo, con mi abono transporte, cogería el metro cada día y me iría a una zona de Madrid. En ella, con un listado en la mano, iría llamando puerta por puerta a antiguos clientes de empresas grandes (entre ellas, Jazztel) para convencerles de que volvieran con nosotros. Con los señores que habían contratado a una empresa que a su vez había contratado a otra empresa que a su vez me había llamado a mi. Si convencía a algún ex cliente, me llevaría una comisión ligeramente inferior a los 50 euros. Si no, no me llevaría nada. Le pregunté si era posible ir con un suelo fijo, y me dijo que era posible tener un sueldo fijo si hacía 30 contratos al mes. Si lo hago, cobro 800€. Si no los hago, no cobro nada. 30 contratos al mes, que son más de un contrato al día, ya que de cada semana hay dos días que no se hace. Es decir, que para cobrar ese dinero, debería de encontrar más de un jubilado o parado en su casa entre mis listas Excel. Convencerles de que vinieran con nosotros, y hacerles firmar algo de lo que seguramente se fueran a arrepentir durante varios meses. Le pregunté si había algún sueldo base otra vez. Que no había, pero que cuando aprendiera, me iba a forrar. La gente que entraba y salía tenía pinta de muchas cosas, pero no de estar forrada.

Me preguntó si me interesaba y le dije que sí. Me fui de allí con la seguridad de que nunca volvería. Claro que me interesa. Ver cómo empresas grandes siempre asociadas a contratos engañosos (cualquier teleoperadora tiene cientos de miles de entradas llenas de quejas de gente que aceptó uno de estos contratos por teléfono o de extraños visitantes) subcontratan a extrañas empresas piramidales donde buscan a gente desesperada me interesa. Me interesa saber por qué el dinero invertido en campañas de publicidad no se invierte, al menos en parte, en dar un buen servicio que redunde en trabajos dignos para más gente. Me interesa mucho saber por qué estas cosas pasan y por qué se permiten. Después, con mi disfraz navideño, empecé a subir la Gran Vía.